Fascinante, diría yo. Somos tan parecidos y a la vez tan complementarios. Él es la parte práctica, yo soy la parte teórica. Cada uno tiene algo muy especial que aportar. No forzamos situaciones, las cosas suceden y ambos dejamos que sucedan. Es como si camináramos al mismo ritmo, me detengo a observar un momento y descubro la sincronía entre nosotros. Me sorprendo.
Disfruto tanto compartir el tiempo con él, minuto tras minuto. Como cuando yo llevo el desayuno y él trae postre. O cuando nos reímos diez minutos por una ocurrencia en el elevador. O vamos al cerro caminando y llegamos casi necesitando un tanque de oxígeno.
Disfruto tanto estar con él, como cuando el día de trabajo termina y el estres o el cansancio se van volviendo cada vez menos importantes porque él me toma la mano, salimos de ahí y de pronto, cuando lo veo recuerdo un concepto de Joseph Zinker: "El amor es el regocijo por la simple existencia de la otra persona" Y entonces sé que es amor, porque toda yo, mi mente, mi cuerpo, mis emociones, toda yo soy inconmensurablemente feliz por su presencia. Y sí, quiero estar ahí, a su lado, para compartir, aprender, enseñar, cuidar y ser cuidada; estar ahí para reír, apoyar, acompañar y ser acompañada.
Pero al final, sea como sea que la vida vaya transcurriendo, es su existencia razón suficiente para ser feliz. Que él exista, me basta. :o)